¿Cuál es el sentido de la vida?

Antes tenía la costumbre de hacerle esta pregunta a gente desconocida que se cruzaba en mi camino. Solía coincidir en momentos en los que yo mismo no era capaz de contestarla. Entonces necesitaba recurrir a otra persona, entender como ese otro individuo, con el que supuestamente compartía genes y una psicología base, podía encontrar razones para vivir en un mundo en el que para mí no existía nada valioso, nada por lo que mereciera la pena amar o luchar, nada por lo que continuar.

Llevé a cabo esta especie de encuesta existencial a cualquier hombre o mujer que se encontrara conmigo en alguna de aquellas noches en las que me sentía flotar en una oscuridad tremendamente punzante mientras el mundo desaparecía. Aquello me hacía reconectarme con las otras personas, me permitía darme cuenta de que, me gustara o no, había otros seres humanos a mi alrededor que también pensaban, sentían y se planteaban estas mierdas y que de alguna manera se habían posicionada de cara a ellas y eso configuraba su existencia. Eso les permitía tirar adelante, eso les permitía darle un significado, un motivo a la materia.

Al final se convirtió en algo muy divertido para mí, y escuchaba atentamente los discursos de cada una de esas personas, aunque muy raramente solía estar de acuerdo con ellas.

Solía ser gente bastante distinta entre sí. Como de pequeño las personas que tenía alrededor me inculcaron que el mundo era un lugar peligroso al que había que tenerle miedo y respeto y que cualquier persona o situación podían llegar a dañarte, yo decidí en la edad adulta ir por la vida como si nada importara, ofreciéndome a todos los caminos y posibilidades que se pusieran a mi alcance, lo cual me ha puesto algunas veces en situaciones peligrosas y en otras muy graciosas. Nunca he distinguido entre un vagabundo y un señor con traje y corbata, me daba igual si la persona era negra, gitana, vizca, manca, de centroderecha, estaba drogada o llevaba un machete en la mano. Eran seres humanos y quería escucharles.

Me acuerdo de un mendigo al que me crucé por la puerta del Sol. Le invité a una lata de Mahou y nos pusimos a hablar sentados en un bordillo, era de madrugada y recuerdo que veía todo el tiempo durante la conversación la tienda Apple resplandecer como una especie de faro metálico e impoluto, aquella manzana diabólica y todos esos cacharros tan caros cuidadosamente custodiados allí dentro mientras nosotros nos moríamos de frío en la calle. Me dijo que el mundo estaba loco y que habíamos perdido la noción de todo lo importante, que ya no vivíamos vidas, tan solo sucedáneos, tan solo ruinas. Que no buscara más, que esta vida no tenía ningún sentido.

A otro vagabundo que encontré durmiendo entre cartones al lado de unos jardines cerca de Ópera le impulsaba a vivir el levantarse por la mañana, sentir el sol y el trasiego de la gente de un lado a otro, las flores que brillaban en uno de aquellos parques y entrar en un bar en el que uno de los camareros siempre le invitaba a un café.

Otro decía que él vivía para un día regresar a su país de una vez, que España era una porquería, que la gente era mala y fría.

Un chaval gitano con el que hablé en la plaza de Tirso de Molina me contestó que por qué hacía esas preguntas, que eso era estúpido pensarlo, que la vida había que vivirla sin más y que en ella teníamos todo lo que necesitábamos. Esta respuesta me gustó mucho, me pareció muy bonita, sincera y verdadera.

Un taxista me sugirió que yo era muy joven para estar con esos dilemas y que si algún día me veía muy agobiado por esos temas o pensaba demasiado y no podía parar, me fumara un porro y me bebiera unas cuantas cervezas y todo estaría arreglao.

Un segurata del puerto de Valencia, al vernos a mí y a mis amigos sentados al borde del muelle junto al mar, se acercó para echarnos y entonces empezamos a hablar. Para él el sentido de la vida era tener un oficio y estar dedicado a algo, tener una tarea en la que te sintieras hábil y te gustara llevarla a cabo.

He hablado con tanta gente que me cuesta acordarme de todos.

Hubo una noche de las que yo vagaba por las calles de Madrid que me crucé con un señor cubano que vivía en la calle y había sido músico y profesor de conservatorio en su país. Me enseñó los documentos que acreditaban su identidad y su profesión allí. Debía de haber perdido cuarenta kilos desde la foto de aquellos rasgados papeles. Tocaba sobre los contenedores unos ritmos de percusión muy pegadizos. Le invité al Museo del Jamón a beber cañas a un euro.  Se las mamaba una detrás de otra pero no se comía las tapas que le acompañaban, lo que me hacía desconfiar de él. Yo le insistía en que las tomara para hurgar en la herida. Decía que la vida era maravillosa y que nunca había que perder la esperanza. Me pareció un tío muy irritante.

Hablé con unos polacos que habían convertido un cajero de La Caixa en su hogar, en una pequeña utopía de la basura. Lo tenían todo hecho una mierda, lleno de colillas, botellas vacías y toda clase de desperdicios. Uno de ellos estaba en libertad bajo fianza en su país, bebían vodka y se les caía la baba mientras hablaban.

También conocí al campeón de Lavapiés, o algún tipo de nombre similar. Aseguraba ser exboxeador profesional. Un tipo gigante con la cara llena de cicatrices y matices. Bebí cerveza con él y hablaba a menudo de una mujer con la que siempre estaba mentido en un bar que frecuentaba y que estaba como una cabra, eran una especie de leyenda en el barrio. Ni siquiera me atreví a preguntarle que opinión le merecía la existencia, estaba demasiado por encima de todo.

Se me ocurre también que siempre que me he acostado con tías de una noche y nos la he vuelto a ver me han contado historias muy feas sobre lo que es la vida y las cosas que pasan cuando no te queda más remedio que sobrellevarla. En un principio todas parecían chicas muy alegres y sanas, pero poco a poco dejaban ver un trasfondo de amargura y desencanto. Y yo intentaba hacerlas sentir mejor con mis besos, con mi cuerpo, que era lo único que poseía.

Un señor mayor que regentaba un bar de viejos en el que acabé bebiendo tercios un domingo al mediodía de after le pareció una gilipollez mi pregunta. Y yo pues un gilipollas.

Y todo esto me hace pensar en a quien escuchamos, a quien le damos voz y palabra todos nosotros en esta sociedad, porque tengo la desgracia de creerme artista y sé que en este mundo picamos piedra, desatascamos tuberías, construimos rascacielos y rellenamos informes para sobrevivir, pero para poder vivir siempre regresamos al arte. Para volver a un resquicio de una existencia auténtica. Para regresar al terreno de la verdad, a nuestro núcleo, a nuestra esencia. O por lo menos así debería ser.

Las redes sociales y el mundo virtual en general están plagadas de escritores patéticos suplicando que alguien preste atención a alguna de sus chapuceras lineas, que alguien compre uno de sus libros infernales que tratan sobre algún asunto sin importancia. El otro día leí un poco de uno de ellos. Dije: Venga, va. Ya que insiste tanto, algo habrá. Terminé y fue como: ¿En serio? ¿Para eso tanto autobombo, tanta autorreferencia? ¿Para esto tanta pretensión y tanta pompa, por esto tanto complejo de superioridad y tanto misticismo? Y esto me pasa con todos los supuestos artistas, sean escritores, actores, músicos, directores de cine… Todos chapoteando en la nada más absoluta. Sacas más provecho de mirar la pared, por lo menos ella no te miente, hasta ella tiene más talento.  Se creen estar dotados de un don sobrenatural y he visto ahí fuera camareros, peones de obra, vendedores ambulantes,que sé yo… con mucho más que decir, con muchas más cosas que aportar al mundo y su sociedad, con unos valores más limpios y una profundidad de observación mil veces más grande que cualquiera de esos payasos sin gracia que no han echado una lágrima verdadera en su vida, que nunca han sentido un dolor auténtico, de esos que te corroen las tripas y ponen en peligro tu vida, que estoy seguro que nunca han querido de verdad. Ahí parlamentando sobre estupideces y mentiras creyéndose los reyes del mundo, los reyes de algo más que de su demencia.

Ojalá escuchásemos a otro tipo de gente, ojalá escuchásemos en vez de hablar y hablar, tal vez entonces las cosas cambiarían.

Y yo no soy mucho mejor que esos artistillas. Pero no tengo más remedio que ser uno de ellos. Hay veces que tengo que sacar la libreta y ponerme a escribir ahí mismo, sentado en el suelo, en la pared si hace falta. Porque me bullen las palabras, porque las palabras me incendian y me acuchillan el cerebro. No concibo otra manera de hacerlo, no entiendo otra manera de hacerlo.

Y volviendo al tema y para terminar, quiero contaros mi respuesta favorita, la vez que pregunté por el sentido de la vida y me encontré con un hermano. Me subí a otro taxi, había quedado con mis amigos y llegaba tarde y tenía muchas ganas de verles. Al poco tiempo, con el único fin de amenizar el trayecto y aprovechando que el conductor ya había iniciado conversación previamente, le hice la pregunta. Me respondió que nos habíamos empeñado o nos habían educado para buscar la felicidad en los demás, en si los demás nos quieren o no nos quieren, en si los demás piensan tal o piensan cual sobre nosotros, o en las cosas, en si tengo o no tengo esto, y que el sentido de la vida estaba en buscar la felicidad, la motivación y el espíritu dentro de uno, que uno mismo era el templo y lo de alrededor era paja que podía arder o no, que podía estar o no, pero que uno siempre contaba consigo mismo, y esa bendición y esa responsabilidad solo desaparecía cuando tu luz se apagaba por fin. Y que desde ahí se construía el amor, y que él amaba a su mujer y a sus hijos porque sabía quien era él. Este taxista dijo todo esto con unas palabras mucho más sencillas y hermosas. Era un tipo muy honesto que hablaba con una calma y una naturalidad increíbles. Pedro se llamaba. Le dí la mano y me bajé del taxi. Espero que todo le vaya de puta madre a ese señor. Y recuerdo aquella noche también porque estuve con mis amigos y reímos y bebimos muchísimo y todo fue idílico y maravilloso y en uno de los sitios que estuvimos besé a una chica rubia preciosa que tenía los labios más dulces que el mismo cielo y no llegué ni a saber su nombre. ¿No es todo demasiado extraño?

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