Aquí os dejo tres de los textos que componen el que será mi primer libro autoeditado en caso de que la campaña de crowdfunding que tengo en marcha llegue a buen puerto: ALGUIEN QUE ME QUIERE MUCHO ME TRAJO ESTE LIBRO DEL INFIERNO. Si son de tu agrado no dudes en echarme una mano AQUÍ. Bienvenido a tu infierno. Mi infierno. Nuestro infierno.

                                 

 ¿Dónde has estado?

I

El NOVIO y la NOVIA se encuentran en los baños mixtos de la discoteca, a rebosar de gente y humo, descendiente de las plazas públicas. Ella está apoyada en el fregadero , un tanto pálida y contemplando curiosa y sorprendida su reflejo en el espejo. El NOVIO la vigila preocupada.

NOVIO- ¿Estás bien?
NOVIA- Sí, he bebido mucho, pero ahora se me pasa.
NOVIO- Es que bebes siempre mucho. Siempre te pones demasiado borracha. Tienes que aprender a controlarte. Yo, por ejemplo, tomo alcohol pero…
NOVIA- ¡Cállate, por favor!
NOVIO- ¿Por qué gritas ahora, eh? ¿Es necesario chillar?
NOVIA- Es que me pones de los nervios y estoy que me dan vueltas las paredes.
NOVIO- Si aprendieses a no beber tanto no te pondrías de los nervios.
NOVIA- Sí, tienes razón.
Hay un silencio en el que la NOVIA sigue escrutando sus ojos y el NOVIO trata de interrogarla con la mirada.
NOVIO- ¿Qué te pasa? ¡Joder! ¡Siempre que salimos de fiesta igual! Están todos mis amigos preguntándome. Siempre con tus bajones y tus depresiones repentinas. A mí también me haces daño, porque me preocupo por ti y nunca podemos divertirnos. Estás triste desde que te conozco, y cuando bebes más todavía. Cariño, ¡¿qué pasa?!
NOVIA- ¡Ay, déjame! ¡Me agobias!
La NOVIA le aparta bruscamente.
NOVIO- Yo también tengo sentimientos, ¿vale? Y antes te he visto hablar con un tío, ¿es por el tío ese?
NOVIA- No le conocía de nada, sólo le estaba preguntando por el ropero para dejar la chaqueta.
NOVIO- Pues hablabas mucho con él.
NOVIA-¡Ay, me ha empezado a marear y yo le he dicho que me dejara en paz! ¡Deja de atosigarme con tus paranoias absurdas!
NOVIO- ¿Te lo vas a follar?
NOVIA- ¡Dios, vete a la mierda!
La NOVIA sale corriendo. El NOVIO sale detrás de ella.

II

ÉL entra en los lavabos. Respira hondamente unos segundos, como quien trata de librarse en vano de un peso abismal. Después enciende un cigarrillo. Acto seguido aparece el NOVIO, con ademán histérico, los ojos muy abiertos, que escrutan y rebuscan. Enciende su cigarrillo, se relaja levemente y mira hacia su lado.

NOVIO- ¿Qué? ¿Cómo va la noche?
ÉL- Normal. Estoy pensando.
NOVIO- Mal sitio para pensar (risas) ¿No va bien?
ÉL- No sé, no sé qué responder a eso.
NOVIO- ¡Qué cabrón! (risas) Yo estoy buscando a mi novia. Estoy hasta los cojones de ella. Se pone ciega y empieza a hacer tonterías y a desaparecer… Estoy muy hasta los cojones, te lo juro… Tío, yo sólo quiero lo mejor para ella y… No nos vendría mal disfrutar juntos por ahí una noche, últimamente no están muy bien las cosas… Pero es imposible, eh… Empieza a beber y a beber…¡y cómo bebe, eh, eso hay que verlo!… Ella no hace ningún puto esfuerzo, tío, parece que todo se la sude, y yo la quiero tanto… ¿Por qué todo se nos resiste? ¿Por qué siempre andamos detrás de algo? ¿Cuándo cojones voy a tener lo que quiero, tal como lo quiero? ¿Es que de verdad es inalcanzable? (…) Y aquí estoy tras de ella y, tío, estos lugares en el fondo dan miedo… La música a toda hostia… todo el mundo borracho y drogado… luchando por no ser consciente o por escapar… es una lucha muy aburrida, pero por lo menos es una lucha… fuera de aquí está todo muerto… la alegría, la crudeza, la frustración… Joder, menuda chapa te estoy dando, ¡perdona! (risas) Yo estoy un poco ciego también… ¿A ti qué te pasa? ¡Va, cuéntamelo, yo ya te he contado mi vida, cabrón! (risas) Toma, un cigarro. Es por alguna tía también, ¿no? ¡Reconozco esa expresión, campeón!
El NOVIO mira a todas partes mientras habla, tratando de verla pasar y aferrándose a quedarse en un punto fijo para encontrarla.
ÉL- Mira, en mi habitación había un colchón en el suelo… Llevaba ahí follando toda la tarde… Ella arriba, conectada a mí, recibiendo mi locura directamente al cerebro, todas esas vibraciones histriónicas… Yo encima, taladrándole y jurándole amor eterno… cubiertos de besos y golpes, insultándonos y bendiciéndonos hasta que eyaculábamos y todo se calmaba y se formaba una niebla de sudores y vapores humanos y sobre ella nos elevábamos y contemplábamos toda la creación y los misterios de la vida. La vida así era sencilla. En ese colchón haciendo el amor y hablando… conversábamos durante horas y diseccionábamos el mundo y abríamos el desfile de nuestro cuerpo para que el otro arrancara las máscaras a los arlequines de plastilina diabólica que bailaban danzas distintas con cada una de sus extremidades, danzas que iban en sentidos opuestos, y llorábamos de risa y de pena y nos abrazábamos fuerte para lograr fundirnos o poder escucharnos mejor al menos. La oía latir, oía cada chirrido, cada explosión de sus entrañas. Llevábamos ahí tumbados casi día y medio. Apenas comíamos y nos habíamos tirado cuatro noches seguidas bebiendo, haciendo el amor y dándonos puñetazos. Los procesos del alcohol eran místicos para nosotros y los comentábamos constantemente: el lento probar y asimilar, el júbilo, los charcos de meado, el éxtasis, el baile, la pérdida de consciencia, la riada de risa, de sentimientos incontrolables y deformadores del rostro amparados en lo efímero de la borrachera, el desmayo siguiendo en pie y consciente, despertar casi muerto con la consciencia del camino que toman los cadáveres junto a la muerte, la resaca, notar el corazón como un dios severo… los sudores, la ansiedad y las caídas, intentando aferrarte a tu propio cerebro y volver a follar y desintegrarse en palabras y emociones… beber, follar, bailar, reír, llorar, bailar, follar, beber, llorar, reír, llorar, beber, follar, bailar, reír, reír, reír, follar, beber, llorar, bailar, reír, beber, bailar, bailar, llorar, reír, bailar, beber… Aquel amor me dio la idea para una revolución… Era una revolución individual y furtiva, diseñada para rescatar a individuos singulares y particulares que buscaran la salvación. Quería convertir la fórmula de aquel amor en universal, quería amar a todas las mujeres, a todos los seres humanos, a todo lo que alcanzaba a conocer de la misma manera que a aquella chica…Y así todo se fue a la mierda. No encontré a nadie que entendiera lo que intentaba construir… Cada mujer con la que me acostaba… en cada círculo donde argumentaba todo eso en lo que yo creía me echaron a patadas e insultos después de besarme y hacerme el amor. Yo creía haber descubierto algo importantísimo, algo sagrado, en lo que radicaba la solución a todos los conflictos que me torturaban a mí y a mis semejantes… ellos me hablaban de amor conyugal, de respeto, de celos, de propiedad, de represión… quería propagar lo natural del amor libre, del amor sin límites, del amor como el conjunto de explosiones que dan forma al tejido social, sexo y amor animal sin límites, colmado de belleza, satisfacción y riesgo… ellos no querían eso… ellos querían habitaciones oscuras y morir abrazados a un solo cuerpo y una sola experiencia, querían colmar su hambre con un único alimento y dejar que su cuerpo cadavérico enterrara con brutalidad de animal deforme el verdadero y único deseo, que es el padre de todas las aberraciones… y en ella descubrí, al mismo tiempo, cosas horribles… En los peores momentos me clavaba las uñas, me rasgaba la carne con su rabia, con su machaque y chantaje emocional, con sus gritos, con su hipocresía, con sus mentiras que querían hacerse pasar por amor…. (…)¿Qué es el amor sino la aceptación total del otro? ¿Quién está dispuesto a quedarse solo antes de renunciar a un solo pedazo de sí mismo, a enseñar sus miserias para que el otro le vea claramente, sin tonterías? (…)Era un acto demente tras otro, gritando y vociferando y llorando como animales de pelea rodeados de animales de zoológico que salían de sus casas con rumbo al sacrificio y ni se atrevían a mirarnos. Habíamos descubierto algo juntos ella y yo y no quiso compartirlo. Y así nos lo cargamos, murió en nosotros y ya estaba muerto en los demás. Yo aún creo en todo eso, pero… creer uno solo en el amor es complicado y ya no me siento de la misma manera, me siento muy cansado… pero aún tengo ganas… de todo….
NOVIO- Joder, hablas de puta madre, tío. Ya sabía yo que era algún tema de faldas. Lo que dices es verdad, pero no sé… las cosas son de otra manera… Oye, voy a ver si encuentro a esta de una puta vez, que por aquí no pasa y ya me estoy poniendo de los nervios… Igual se ha ido… Me caguen su madre….Bueno, tío, encantado y… ¡anímate, cabrón, que todo se arregla!
ÉL- Vale… ¿Me darías otro cigarro antes de irte?
NOVIO- Claro, hombre. Venga, nos vemos.

III

El NOVIO desaparece. ÉL queda pensativo, descifrando. Enciende el cigarrillo. Aparece la NOVIA.
NOVIA- ¡Eres tú! ¡Te he estado llamando! Te he llamado, ¿por qué no cogías el teléfono? ¡Eres un gilipollas, hijo de puta! ¡Nos hemos equivocado! Tal vez fue en algún momento cuando discutíamos borrachos, tal vez arrojamos algún insulto que al caer en el lago de lágrimas provocó una onda que se extendió demasiado lejos, hasta el corazón… tal vez juramos demasiado y no pudimos cumplirlo o me puse demasiado borracha una noche y él se aprovechó para trastear dentro de mí y cambiar el curso de la sangre en mis venas para alejarme de ti… O lo decidí yo racionalmente en un momento de cordura pero… te echo tanto de menos… ¡Soy muy infeliz, vuelve conmigo! A la mierda meses de silencio y de orgullo… ¡Te quiero! ¿Por qué no me has cogido el teléfono? ¿Por qué me has dejado sola? ¡Cabrón de mierda, te odio! ¡Te odio! (…) ¿Es que ya no te acuerdas de nada? ¿No te acuerdas de lo felices que hemos sido tú y yo? ¿No te acuerdas de cuando tú y yo nos abrazábamos y nos cubríamos de besos y el sol entraba por la ventana y nos iluminaba? ¡Habíamos sido escogidos! ¿Ya no te acuerdas de los juramentos? ¿Para qué tantas horas a oscuras hablándonos y examinándonos, prohibiéndonos el sueño y el descanso? Cuando le conocí a él estaba harta de ti, de que te desaparecieras, de no poder amarrarte a mí, de no poder predecirte… De ver que huías y volvías y cambiabas de forma y tamaño cuando creía tener un hogar. Que no estuvieses sólo conmigo, que tu cuerpo, que tus besos, que tu alma pudiera ser de otras mujeres… No podía imaginarte follando con otra, no podía soportar que lo nuestro fuera imitable, que cualquier otra pudiera ser como yo… Pero habría aguantado eternamente, habría preferido morir gracias a ti que vivir para cualquier otro objetivo…(…)Contigo aprendí que la muerte no es algo tan difícil ni tan alejado. Está en el día a día, en nuestro interior… y ambos despertamos ese espíritu en el otro… Pero era una muerte tan maravillosa, tan dulce, tan divertida… ¡Nunca me he sentido tan viva como en mi proceso de muerte a tu lado! (…) Y lo conocí a él y vi una persona buena… ¡A la mierda las personas buenas y bondadosas, su preocupación por ti sólo esconde sus intereses personales! Siento todo el tiempo una soledad absoluta, me levanto escondiendo las lágrimas cada día, me siento el único ejemplar de mi especie… ¡Necesito volver contigo! ¡No quiero pasarme la vida sintiendo que nada llega a traspasar mis murallas más tercas, prefiero morir contigo y que el alcohol me quite el hambre y la sed y verme atrapada en tus ojos mientras nos miramos follando sin que nada importe excepto nuestros dos cuerpos, marearme al sudar y colocar mi cuerpo para ti, para que lo destroces en mil pedazos y no le quede cascarón a mi alma! ¡Me siento tan sola! ¡Le odio, odio a todo el mundo, sólo te he querido a ti! ¡Tenemos que volver a estar juntos, si no nos vamos a arrepentir! Nos pasaremos todo nuestro futuro anhelando el pasado, intentando desandar la línea recta del tiempo, esculpiendo, pintando y cantando sus escenas. ¡No quiero eso! Yo sólo quiero ser feliz, estar satisfecha y tranquila. Contenta como cuando era una niña y no tenía este peso encima.
ÉL- Escucha, yo…
Aparece el NOVIO cuando la NOVIA se acerca y besa a ÉL.
NOVIO- ¡A la mierda el amor y los buenos sentimientos y las palabras bonitas y la puta ternura y los planes de futuro, mal paridos por los sueños! ¡A la mierda el levantarme sobrio algún día y todo lo que algún día me esforcé por construir!
El NOVIO se acerca y golpea a ÉL, arrojándolo al suelo y cebándose a golpes. La NOVIA se interpone para intentar detenerle.
NOVIA- ¡No! ¡Déjalo, déjalo, por favor! ¡Ha sido culpa mía, todo ha sido culpa mía, yo he sido la que se ha acercado!
NOVIO- ¡Ya sé que es tu puta culpa! ¡¿Qué estabas haciendo, dime, qué cojones estabas haciendo?! ¡Me das asco, me das puto asco! ¡Me cago en tu vida, zorra subnormal! Vamos, ven aquí.
NOVIA- ¡No!
NOVIO- ¡Si no vienes se acabó todo, ¿me oyes?! ¡Se acabó para siempre!
NOVIA- ¡Pues se acabó para siempre!
NOVIO- ¡Mira, me voy antes de que vengan los seguratas y me meta en algún lío mayor! ¡Ya te arrepentirás, imbécil! ¡Ya comprenderás lo gilipollas que eres!
El NOVIO se marcha. Ella queda llorando ante ÉL, que se encuentra inconsciente en el suelo.
ELLA- ¡No, no, no! ¡Despierta! ¡Di algo! ¡Era una pesadilla, despierta! ¡Nada ha pasado, nada de esto ha pasado, todo va bien! (risas y llanto, está empezando a delirar) ¡Vaya cagada! ¡Te quiero, te quiero! ¡TE QUIERO, DESPIERTA, TODO HA SIDO UNA PESADILLA! ¡Volvamos a estar juntos! ¡Vuelve conmigo! ¡Pasado, presente, futuro, es lo mismo para mí! ¡Sólo has estado tú y en torno a ti ha girado toda mi existencia! El pasado lo utilicé para preparar tu venida y para recibirte con eternas celebraciones, el presente para llorarte y el futuro para planear tu vuelta! (…) ¡Me siento tan sola! ¡Dios! ¡Dios, Satanás, la puta de mi madre que me trajo a esta tierra entre llantos, doctores y vísceras, debiste equivocarte y me pariste por el culo, eso debió ser! ¡Debería haber salido apuñalándote la tripa, debería haberte roído las entrañas mientras podía! ¡O debería haberme quedado allí dentro para siempre, flotando y durmiendo en tu interior, convertirme en algo oculto que nunca sale a la luz y se pudre allí dentro! (dirigiéndose a ÉL) ¿Qué nos han hecho, cariño? ¿Por qué nos crearon para equivocarnos? ¿Por qué funciono a medias? ¿Por qué soy una radio obsoleta y un tranvía averiado? ¿Por qué no funciono para mi propia felicidad y sólo soy una máquina que cumple un destino autómata en un tipo concreto de desgracia? ¡Me siento tan sola y no hay manera de quitármelo de encima! ¿Cómo voy a construir sin puta tierra sólida bajo los pies de mi cordura? ¡Sólo me queda vagar sin nada estable, sin ninguna posibilidad, camuflándome en la demencia y entre los líquidos! ¿Qué me han hecho? ¡Quiero arrancarme esta soledad! ¡Si pudiese sacármela del pecho apalearía y torturaría a toda esta tristeza que me ama más que mi propia madre! ¡Ella es mi verdadera madre! (…) ¡Te quiero! ¡Vuelve conmigo! ¡Me siento tan sola! (…)

Eva

Estoy tumbada en la cama vestida sólo con las bragas. Tengo los dedos pegajosos de comer embutido con las manos. Mis labios húmedos y carnosos están recubiertos de una fina capa de grasa animal. El olor a alcohol de mi aliento penetra en mis fosas nasales. Me siento en paz.
Estoy con él, un tío que conocí esta misma noche y con el que de alguna manera ha surgido un cariño y una confianza espontáneos. Estamos los dos desparramados sobre la cama. Intercambiamos el relato de nuestra vida y nuestra cosmovisión. Filosofamos, debatimos y juzgamos y todas las palabras, salgan de mi boca o no, captan mi atención completamente. Semidesnudos, alineados por la casualidad, ebrios y satisfechos sexualmente, las frases surgen de una manera fluida y natural y la charla, calmada y sabia, se alarga y se alarga. Él tiene una barba fina e incipiente y unos ojos negros llenos de maldad, de furia, de arrepentimiento, de contradicciones. Su pelo es una llama congelada, su cuerpo limpio y delgado de músculos marcados y marcado por cicatrices que la inquietud y las uñas afiladas han compuesto a base de arrancar costras y de recibir golpes, como una especie de tortura y suicidio en miniatura. Ese cuerpo lleno de inteligencia me habla con reminiscencias de un ideal perdido en algún lugar de la historia pasada, cuando belleza física y espiritual se aunaban para colmar a seres perfectos y enorgullecer a unos dioses inspirados. Lo observo hablar y me resulta hipnótico, y me hace recordar y narrar. Le empiezo a contar y mis labios empiezan a moverse, a escenificar la secuencia física de mi historia:
-Yo antes era una persona triste, una persona tan triste… No puedes ni imaginártelo. Si me hubieras visto en aquella época habrías flipado. Era como contemplar a una emperatriz, una vez desposeída de su dominio, rebuscar entre la basura y las heces un poco de comida podrida. Era como ver a una bruja y hechicera que ejercía su sabiduría a niveles de consciencia suprahumanos babear frente al televisor, agotada por la presión de un trabajo mecánico e intensivo. Como una amazona sometida con correa y obligada a caminar a cuatro patas el resto de su vida. Eso era yo.
Trabajaba en un bareto de mala muerte donde los hombres me decían asquerosidades y me manoseaban el culo cuando iba a retirar sus copas vacías. No tenía otro remedio. Odiaba a mis padres y vivía alquilada con el novio que tenía por aquella época, un ser humano disminuido y sombrío con el que compartía una especie de depresión conjunta. Ser guapa, pese a todo, era mi mayor adversidad. No disfrutaba de mi belleza. Mis atributos eran los que hacían que todos aquellos hombres se fijaran en mí. Todas aquellas cucarachas con colmillos, todas aquellas sonrisas lúgubres que al verme afilaban sus dentaduras y cuyo crepitar me mantenía abrazada a la almohada y analizando mi destino, con los ojos creando fantasmas o toda una vida por entonces inexistente para el resto de mi cuerpo, que suplicaba libertad de una manera que mi mente no comprendería hasta mucho después.
Mi belleza fue el motivo de que me cruzara con él y posara su vista, plagada de dientes, sobre mí. Debe ser la belleza la que hace que las presas sean el centro de atención de sus depredadores. Se trataba de mi jefe en aquel bar de mala muerte. Un hombre rechoncho, peludo y apestoso empeñado en embutirse en trajes y sumergirse en perfumes para intentar camuflar su vomitiva presencia, para tratar de convencerse de que la grasa que sudaba a mares por los poros de su piel no era la misma que en la que está envuelto el embutido al extraerlo de su envoltorio. Su aspecto era el de un inmenso trozo de panceta aceitoso con camisa y pantalón de vestir.
Primero me declaró su amor. Le rechacé amablemente, hasta con cariño y compasión, pero él lo tomó como un insulto. Interpretó mi negativa como una humillación. Después de eso, tras enjuagarse las lágrimas en el agua salada del baño, debió ver por primera vez, claro y límpido, al enorme tocino sudado que era en el espejo de aquella pocilga que regentaba. Te juro que intenté ser amable, pero ninguna mujer podría enamorarse de un hombre así. Fanfarrón, materialista, uno de esos hombres que creen que todo puede obtenerse y construirse con dinero.
A partir de ahí empezó mi pesadilla. Se dedicó a hacerme la vida imposible. Me bajó el sueldo y me culpaba a gritos continuamente y de manera exagerada por supuestos errores que ni siquiera había cometido. Una vez me hizo entrar en uno de los cuartos privados a expensas del público y allí me abroncó hasta hacerme llorar y llorar mares. Decía que los clientes y mis compañeros se quejaban de mi, que no era lo bastante servicial y que iba demasiado a lo mío, que allí se trabajaba en grupo y que había que tener siempre una sonrisa en la cara como acompañante de lo que demandasen los clientes. Por aquel entonces ya estaba bien sumida en mi propio infierno, acababa de cortar con mi novio porque no me sentía con fuerzas de pensar en algo más que en mis propios fantasmas. Estaba viviendo sola y no me quedaba ninguna amiga con la que pasar mis ratos libres en compañía; con todas había perdido el contacto o estaban estudiando o trabajando fuera.
Mi jefe también tenía una parafilia sádica relacionada con la mierda. Le encantaba que yo fregara los retretes. La primera vez que tuve que limpiar los restos de mierda de decenas de clientes incrustados por todo el váter, los meados derramados por todo el suelo que llegaban hasta la puerta, impregnándome por completo de ese olor a borracho patético que no sabe ni sujetar su diminuta minga ni apuntar con ella correctamente al lugar habilitado, me eché a llorar otra vez. Con guantes de látex, una escobilla adornada con fragmentos de heces como joyas engarzadas de un olor nauseabundo, mezcla de alcohol y tripas enfermas, con el hedor a orina entrando por mis fosas sin dejarme respirar, me dije a mí misma: “Esto es lo que eres. Meado pestilente, mierda, un montón de mierda nauseabunda”. Y las lágrimas no paraban de brotar y mezclarse con todos aquellos líquidos y vapores.
Por suerte no acepté las invitaciones de ninguno de los vomitivos clientes del bar. No me fui con ellos, no bebí de su dinero, no entré a sus casas, no me dejé penetrar por aquellos penes marchitos apuntalados y alzados a base de fantasías de humillación y sometimiento. En esos asquerosos todo se centra en los genitales. No besan, no acarician, no pronuncian palabras agradables, todo gira en torno a que salga su chorrito de semen turbio de sus testículos flácidos.
Para sumarse a todo aquel panorama, mi jefe empezó a tocarme cuando me cambiaba. Entraba al cuarto de los empleados y se manoseaba el paquete y me miraba fijamente mientras yo me desvestía y vestía para volver a dormirme en aquella pesadilla. Y si me pillaba desprevenida y al margen de la mirada de clientes y compañeros me manoseaba, me daba cachetes en el culo al pasar, intentaba besarme o sencillamente intimidarme con el relato de lo que me haría cuando al fin estuviese en la cama conmigo. Me ofreció dinero a cambio de chupársela en los servicios varias veces, y todo lo que te estoy contando era una constante todo los días de aquel infierno tan particular. Volvía a casa deshecha tras cada una de esos jornadas, no podía dormir porque no podía parar de llorar, y no era un llanto normal, sollozado, silencioso. Era el aullido de una loba directo al núcleo mismo de la luna. Vomitaba de los nervios. Empecé a adelgazar. Sentía que se hallaba dentro de mi toda la carga de la humanidad, toda la tristeza de la superficie de la tierra. Las plantas arrancadas, los animales apaleados, colgados boca abajo y desangrándose lentamente, los cuerpos maltratados y mutilados. Todos los lamentos se hacían conscientes en mí mientras el planeta luchaba por eludirlo. Sentí que me ahogaba allí adentro. No podía salir a la calle ni relacionarme con nadie, ni siquiera mirar a mis semejantes a la cara. Sus pupilas estallaban en mi pecho provocando convulsiones demasiado evidentes. Mis gritos y llantos desgarradores intentaban liberarme del mal que sentía , del inmenso cúmulo de basura que yo avistaba con sólo detenerme ahí dentro, en el centro de mi autopercepción y del universo mismo. Estas expresiones emocionales y convulsivas no las había visto jamás en ningún otro ser humano. Mi terror, por tanto, se reproducía a la vez que mi enfermedad. Caía por un abismo que no me aniquilaba, sólo me alejaba de los demás. Comprobé verdades que me aterroriza narrar. Comprendí que estábamos perdidos, que todos sin excepción estábamos condenados, que no había esperanza para la humanidad. Viví mi martirio a escondidas, sabiendo que nadie podría comprenderlo, pues empezaba a desvincularse de mis propias circunstancias vitales. Los ojos, la boca, las arrugas faciales producto de la expresión se disociaban tomando su propio camino independiente. Las caras de las personas ya no significaban nada para mí, ya no irradiaban ninguna cercanía ni lejana similitud. Las extremidades se disociaban del tronco y los cuerpos se convertían en piezas sueltas de carnicería y perdían todo su atractivo sexual. Me mareaba y vomitaba por no poder empatizar y participar de lo que me rodeaba. Algún día yo habría sido una niña, algún día no fui una enferma, algún día estuve en paz y tranquila sin tener que llorar todo el tiempo para sentirme humana y digna, una persona con esperanza. Antes me habría bastado tan solo con caminar y mirar mi reflejo. Ahora en él sólo veo esquinas.
Un día que me manoseó el culo delante de todo el mundo, rompiendo ya la última de las barreras y su único miedo, convirtiendo la humillación en un acto público, le solté una bofetada. Empezó a reírse. Renuncié al trabajo aquel mismo día, le dije que iba a denunciarle. Él no paraba de reír. “En unas semanas te tengo de vuelta aquí. Llama cuando te veas sin pasta suficiente, recuerda que solo aquí se te quiere, cariño”. Sólo tenía razón en una cosa: en que estaba bien jodida. En aquel sitio me pagaban muy bien y cobraba muchas propinas por convertir mi cuerpo en un urinario público. Mi cuerpo y mi belleza sólo servían para eso, para tener trabajo donde la asquerosidad del hombre reinaba en su altar, sin turbantes ni cadenas, donde te invitaban a salir y te manoseaban y violaban con la mirada o te dedicaban palabras que sus mismas madres al escucharlas habrían abortado al instante.
No sabía qué cojones iba a hacer. No quería volver a trabajar de nada que anteriormente hubiese ocupado mi tiempo. Al cabo de unos días que pasé bebiendo cerveza en la cama, maldiciendo mi suerte, paseando lágrimas y gastando un rollo de papel higiénico diario para secarlas, sonó mi teléfono. Era Eva, una chica que había entrado al trabajo semanas antes de que yo renunciara y que conocía mi historia. Me dijo que tenía todo su apoyo y que podía quedarme en su casa si no tenía dinero para pagar un alquiler. A las dos semanas, con el comienzo de mes y mi cuenta bajo mínimos, me mudé allí. Vivía en un ático sólo para ella, con una terraza enorme con plantas de todos los colores y formas y enredaderas que trepaban por las paredes y cubrían la estancia del sol y el calor excesivo, y permitían la entrada sólo a estímulos agradables para el oído y la piel humana. Había una fuente de piedra de la que manaba agua todo el tiempo de la boca de un pez de grandes dimensiones abrazado y capturado por un querubín alado. Me sentaba a leer y a reflexionar escuchando aquel rumor incesante del curso del pequeño manantial y me permitía relajarme un poco. Hasta había días que no necesitaba el llanto para aliviar mis nervios.
Eva me cuidaba. Me decía que me quedara allí cuanto quisiera. En aquella terraza me daba masajes en la espalda que me dejaban semidormida en sus brazos. “Yo- me contaba- vendo cocaína y hachís. Al principio se trataba de un sobresueldo, actualmente es mi principal fuente de ingresos. Puedes vender tú también. Estoy en el bar por tener un dinero extra. Quiero comprarme un terreno en la montaña y construir una casa yo misma en él, lo más alejado posible, donde sólo escuche el juego de los pájaros y el rugido de los bosques, y donde pueda llevarme dos o tres personas conmigo con las que compartir un estilo de vida distinto. ¿Has estado sola de noche en un bosque alguna vez? La oscuridad no asusta y la luz de la luna se filtra entre los árboles, y te sientes alumbrada por el mismo Dios y cada paso que das está lleno de misterio y acompaña a los latidos de tu corazón”.
A las dos semanas estaba vendiendo yo también. Siempre imaginé la vida del camello como peligrosa y relacionada con personas horribles y siniestras de rostro demacrado y silencioso, pero en realidad era bastante aburrido. Ella me cedió algunos clientes para que pudiera comenzar. Venían a casa o quedabas con ellos en un punto, tenías un rato de charla cordial, os dabais la mano y cada uno tenía lo que quería. “Sólo tienes que entrar en esos círculos. Sólo tienes que relacionarte con gente que consume, ser amable, estar siempre disponible. Su carácter compulsivo y vicioso hará lo demás. Tu número irá girando. Pronto tendrás decenas aporreando tu teléfono, hablando lenguajes cifrados, poniendo en funcionamiento la economía”.
Un día interrumpió de repente mi naufragio diario en aquella pequeña fuente. “Ven conmigo un momento, quiero enseñarte algo”. Eva me condujo hasta su habitación. Abrió un armario gigante de madera lleno de ropa. Lo que parecía la pared de fondo de este mueble con un sencillo gesto se convirtió en una puerta corrediza que ampliaba su capacidad ostensiblemente. En este espacio adicional y oculto había joyas, sobres que aparentaban contener dinero en efectivo y carpetas con fundas de plástico transparente a rebosar de papeles sellados escritos a ordenador, en los cuales no nos detuvimos ni el más escueto instante. Lo que parecía el final se convirtió en entrada de nuevo, de una forma mucho más compleja que la anterior. “Hubo que hacer estos apaños de seguridad, he tenido más de una vez a la policía abriendo puertas en esta casa”.
Tras aquella segunda pared estaban todos aquellos paquetes de cartón precintados con cinta transparente hasta el delirio. Eva se sacó una navaja del bolsillo y abrió uno de ellos. “Tienes que empezar a labrarte tu independencia económica. Empezarás con alguno de mis clientes, después ya irás progresando por ti misma, yo puedo conseguir cuantos necesite. Mi trabajo en el bar para ese asqueroso es sólo una excusa para declarar a hacienda y que me dejen tranquila, además lo tengo cogido por los cojones. Ninguna mujer solitaria, sin raíces ni nómina puede vivir del aire. Hay que construir murallas para ocultar la verdad, puntos muertos donde el poder no alcance a ver ni consiga adentrarse. El fondo marino de la delincuencia. Los lugares donde la presión en el interior del agua es tan elevada que impide a cualquier tecnología humana ni siquiera avistar lo que allí sucede deben estar poblados de seres hermosos que viven bajo el único dominio de su libertad. En estos paquetes hay casi trescientos mil euros. ¿Nunca habías visto tanto dinero junto, eh? ¿Has visto las noticias? Esta basura es muy adictiva, barata y los efectos degenerativos se manifiestan muy lentamente. Un pobre desgraciado puede darte muchísimo dinero antes de necesitar una desintoxicación por haber liquidado sus ahorros y haber vendido su anillo de compromiso. ¡Puede darte tanto dinero mucho después del divorcio y el falso libre albedrío en el vicio y la autodestrucción! Cariño, tú y yo haremos lo que queramos con esta vida. No volveremos a trabajar y escucharemos los pájaros y el murmullo ancestral del viento entre los árboles cada día, cada noche desentrañaremos un enigma”. Y esa fue la primera vez que Eva me besó. Y fue un beso cálido que no comprendí, que achaqué al cariño recién surgido entre nosotras y a la emoción por revelarme aquel secreto.
Una noche regresé a casa y la encontré ataviada con un vestido muy ajustado y unos imponentes zapatos de un grueso tacón negro que parecían poder conmocionar la médula espinal de un hombre sólo con chafar con seguridad el suelo. Estaba pintándose los labios y peinándose mientras se observaba con perspicacia y una sonrisa en el espejo. “Saca la botella de vino blanco que hay en el último estante de la nevera, sírvenos dos copas y ponte guapa- me dijo-. Hoy vamos a divertirnos”. Me di la vuelta para cumplir con todo lo que ella había dispuesto para ambas. “Escúchame, bonita, casi puedo leerte el pensamiento. Sé que toda tu vida has sido un animal indefenso a merced de los depredadores, que la huida ha sido tu única arma, pero voy a decirte una cosa. Una gacela podría propinarle una estocada letal a un león acechando y esperando su sueño en la oscuridad. Incluso podría devorar el cadáver y aprender a disfrutar de un placer que en principio debería resultarle antinatural. Ningún ser vivo fue dado a luz sobre la faz de la tierra configurado para repetirse durante el resto del árbol genealógico. Los genes son resultado de un proceso acumulativo e igual que tú eres débil, ellos también lo son. Esta noche vas a encontrar tus propios clientes. Sólo tienes que preguntar, hablar, relacionarte. Luego ellos necesitarán lo que están predestinados a recibir. Y tú y yo nos haremos ricas, ricas para comprar no la libertad, sino la posibilidad de ser libres. Es un trabajo sencillo y divertido, pero debes buscar siempre los puntos muertos, siempre los pasadizos y los fondos marinos, donde la presión es tan elevada que la ley y la moral no pueden utilizar sus sentidos”. Al cabo de unas horas y un par de botellas de vino estábamos dentro del lugar. Era una discoteca con varias barras donde seguían sirviéndonos toda clase de alcohol de alta graduación. Eva conocía a las chicas de la barra, que se bebían con nosotras las copas a las que nos invitaban de una forma interesada, ridícula y sin ingenio cualquiera de los hombres que nos veían reírnos a carcajadas en la barra mientras brindábamos, y nuestros exquisitos cuerpos vibraban por la alegría espontánea y momentánea. Recuerdo llevar bolsitas de plástico con la sustancia escondidas en el coño y el sujetador, hablar y vendérselas a un montón de tíos. Recuerdo a uno de ellos, un individuo fornido y varonil, llevaba camiseta y vaqueros, no iba nada arreglado. Nada más entrar al retrete para cerrar la transacción se mojó el pelo en uno de los grifos para tratar de domarlo con sus torpes manos bajo la luz a punto de apagarse y rodeado por el humo. Tras darle la mercancía me agarró de la cintura y me besó, primero en la boca y después empezó con las tetas. Quería devorármelas, quería adorarlas, las besaba de una forma tan delicada y asquerosa, elevándolas con las palmas de sus dos manos hacia sus labios gruesos y húmedos. Yo solté un gemido profundo de desesperación que me sorprendió a mí misma. ¡Para, dios, para! Salí de allí acalorada, corriendo a contarle a Eva lo que acababa de pasarme. “Veo que aún no sabes en qué sitio estás. Voy a presentarte a unos amigos que acabo de conocer – me contestó ella-. Esta es mi amiga, está bastante borracha, no sabe todavía salir a divertirse”. Uno de sus amigos era el hombre de los retretes que había intentado propasarse conmigo.
Al cabo de unas horas más estábamos en el salón de casa de Eva. Ambas postradas en el suelo desnudas, yo con ese mismo hombre encima y ella con otro de sus amigos. Era noche de luna llena y su radiación blanca iluminaba con precisión la estancia y los rasgos de nuestros rostros y los huecos de nuestros cuerpos con crudeza. Alumbrados por el mismo dios, ese hombre me penetraba y cuando todo su miembro se introdujo en mi vagina noté bullir un caldero de magma que luchaba por emerger por la superficie terrestre de mi piel. Observé en sus dos ojos inequívocamente las dos lunas que marcan el camino de la excitación. Nuestros ojos permanecieron unidos en todo momento. Me agarré con mis piernas a su fuerza, le envolví con mis muslos y él me mordisqueaba y me lamía el cuello y la cara, provocándome heridas y moratones. Por primera vez me sentí poderosa siendo capturada, por primera vez la presa se convirtió en el depredador. Apreté y le estrangulé con mi vagina y él empezó a eyacular. Noté como se desinflaba, como se sometía y se deshacía ante el yugo de mi placer. Lo escuché gemir enloquecido y sus gemidos se convertían en ráfagas de clavos que avivaban viejos recuerdos. Continuó follándome sin poder detenerse, presa de una espiral de carne que desdibujaba los contornos de los cuerpos y le ponían boca y grito a cada poro de la piel. Incliné la cabeza a un lado y allí estaba Eva, gozando rendida contra el suelo, con el varón enloquecido apretando sus pechos, buscando su corazón, intentando devorar el centro de su vitalidad, postrada y triunfante entre espasmos. Encontré sus ojos, que junto a los míos flotaban como vapor de incógnita, dispuestos a caer sólidos en cualquier momento sobre muelles con el cuello colgando y entre la vida y la muerte, sonriendo a un amago de iluminación y autoengaño. Besé sus labios abiertos y grandiosamente refulgentes, inflados de color y éxtasis. Lamí sus labios y su lengua como si le lamiera el coño y juntas llegamos al orgasmo, juntas hicimos llegar al éxtasis de nuevo a nuestros dos esclavos y nos levantamos, nos abrazamos y nos besamos con desesperación, como se besaría a un poco de agua, como se besaría a dios en el cielo, mientras la luna nos señalaba como el centro del infinito de las galaxias, como el ejemplo para un universo incomprensible. Los dos hombres cayeron al suelo extenuados, deshidratados, hambrientos, mareados y colmados. Nosotras nos alzamos en un amor que aún resonará tiempo y tiempo después de perdernos en el laberinto de nuestras muertes.
Me desperté a la mañana siguiente con un dolor de cabeza irresistible y con Eva hurgando en las carteras de aquellos hombres. “Tú rebusca en ésta y revisa los abrigos, éstos van bien cargados. Y no te preocupes, lo que había en sus copas es suficiente para tumbar al diablo”. Abrí la cartera que Eva me había dado sin comprender nada. “Eva – le dije-, esto no está bien. Aquí habrá más de cuatrocientos euros. Dios, ¿quién es toda esta gente? No puedo hacerlo, han sido buenos con nosotras, o como mínimo inofensivos”. “Y esto- contestó ella- es lo que pagó tu hombre por ti. Escúchame, a la totalidad de personas que te rodean se la suda lo que te pase. Podrías morir mañana y no soltarían una lágrima y los comercios abrirían igual. No hay nadie inocente. Con su pasividad y su bondad convierten el mundo en lo que es: una basura. Con su sumisión y con su cobardía, con su insulsez y su crueldad civilizada son culpables presentes de cada instante de sufrimiento que padecemos las personas sensibles. Yo me río de todas las revoluciones de masas que salen a la calle a demostrar su propia impotencia, cercados por la autoridad y enarbolando la bandera del pacifismo. Yo me río del que pretende liberar a las masas, ya que es incapaz de emprender su propia liberación. Yo he visto el desinterés de mis semejantes hacia su propio destino, he vistos a los seres humanos en actitud pasiva y de resignación ante su propia tortura y destrucción particular por parte del engranaje de esa colosal maquinaria social que ya ni entendemos ni controlamos. Niego mi ayuda a todo aquel que no luche por su propia alma, que esté comprometido con su libertad hasta las últimas consecuencias, hasta límites inhumanos. Sólo amo a aquel que no comprende su rebelión y se deja guiar por fuerzas puramente instintivas que le conducen por trayectos cuyos laberintos ondulan y moldean todas sus cualidades a cada momento, y que aprovechan puntos muertos del sistema para poner en práctica su libertad. El mecanismo del dinero, lejos de ser un secreto para nosotros, está supeditado a nuestros deseos y mientras los ciudadanos, despreocupados de su suerte, recogen basuras, sirven platos de comida y conducen a gente en taxis y autobuses, siempre al servicio del otro, nosotros contamos billetes que hemos obtenido utilizando nuestro propio ingenio y dotes sobrenaturales, igual que Cristo convirtió agua en vino, igual que la transmutación en los procesos alquímicos, compramos con dinero no asalariado la creación de microclimas libres, invisibles para el sistema. Coge ese puto dinero. A la mierda las princesas tímidas y encantadoras. Despierta, chica. Vamos a llegar a las montañas, al cielo, a la mismísima luna. Él podría haberte tenido gratis, pero al no creerse capaz tras de su máscara de hombre repugnante y acomplejado, de pseudohombre encorvado y desdibujado, escogió comprarte. Tú creías ser amada y sólo eres mercancía. Yo te enseñaré lo que es el amor, aunque todavía hoy sea imposible definirlo con palabras”.
Y cogí el dinero, todo el dinero, y gané una barbaridad indecente de euros esa misma noche, mucho más de lo que cobraba trabajando un mes en aquel antro del que ya sólo me quedaba un vago recuerdo.
Cuando ellos al fin despertaron nosotras estábamos ya vestidas de andar por casa y sumergidas en vaguear o en labores domésticas. Les acompañamos a la puerta. Todavía se encontraban bastante aturdidos, y Eva me aseguró que no recordarían nada de todo esto al cabo de los días. Ella se despidió con un morreo y un sobeteo de paquete. Mi hombre me besó, yo traté de corresponderle pero emergió de mí una sonrisa amarga.
Cerramos la puerta. Yo estaba aturdida. No sabía si aquello que había sentido con aquel tío había sido real o una invención mía. Él había pagado por echar un polvo. Yo había sentido pasión y hasta un poco de cariño y… no sé… amor. Era algo muy extraño. “Cielo- comenzó ella otra vez, como un trueno que te despierta de la peor de las pesadillas-, lo tenemos todo. Esto es una nueva forma de hacerlo. Follamos con quien queremos, follamos con deseo y nos corremos a mares, elegimos quién y cuándo nos penetra, y encima cobramos. Ese es el camino, cariño, y así llegaremos hasta nuestra vida en la montaña. Tú y yo y gente como nosotras que lo comprendemos todo, que jugamos con todo. Lo que me gustó de ti la primera vez que te vi, cuando te veía pasarlo mal en aquel bareto asqueroso, cuando soportabas las humillaciones y te sometías, es que aún conservabas, aunque tú no eras consciente, aquella furia en la mirada, aquel calor y aquellos movimientos espasmódicos de perra que se retuerce con su correa, que cree que el metal de su correa es carne que puede romperse con machetazos de fuerza. Hay seres humanos sumisos por naturaleza. Tú no. Tú tenías ese orgullo y esa dignidad en tu mirada, aunque te escupieran y te mearan el cuerpo todos los días. Somos tú y yo, cariño, y vamos a ser muy felices”. Eva se tomó muy en serio mi instrucción como sujeto liberado.
Aquello que me sucedió la noche anterior se repitió innumerables veces más, con multitud de variantes, con infinidad de hombres y mujeres. Me volví adicta a la noche, a las bebidas y a aquellos rituales sexuales oscuros con trasfondo puramente económico. Podría contarte tantas historias fascinantes cuya narración sólo serviría para describir el mismo estado vital. Pretendía desfigurarme el cuerpo a base de follar, quería que el sexo limpiara mi cuerpo, trastornara mi mente. Abrir mis puertas de par en par a todo aquel que creyera poder hacerme dejar de pensar y sentir todo lo que me era habitual. Los colores, las formas, la densidad del aire, la opacidad de mi piel, todo cambiaba y se trastornaba a cada polvo. Orgías multitudinarias, aberraciones, sexo entre las velas provocando los alaridos y los espasmos más desquiciantes. Heces, orina, sexo con gente deformada o al borde de la muerte.
Me acostaba con cientos de tíos cada semana. Todos los hombres que me follaba me procuraban doscientos euros como mínimo por cabeza. Éramos mejor que prostitutas de alto standing, teníamos el mundo del dinero y los varones doblegado a nuestros pies, y todo aquel dinero se acumulaba, no se gastaba. Sólo comía y bebía y me arreglaba y cambiaba de bragas para seguir recibiendo amantes. Éramos tan guapas que daba igual que no hubiese comprado un vestido nuevo desde hacía meses o que hubiese noches que ni siquiera me maquillara para buscar clientes. Entre la droga y los hombres íbamos a comprar nuestro paraíso con aquel dinero.
Una mañana, después de que Eva y yo nos hubiésemos acostado con cuatro hombres más y los hubiésemos despachado, caí gravemente enferma. Me pasé dos semanas con fiebre muy alta, delirando y sin poder moverme de la cama. Chillaba y volvía a llorar en sueños. El cuerpo me ardía y sufría convulsiones, mis tetas estaban duras y me dolían todo el tiempo, y mi coño no paraba de segregar un líquido espeso y oloroso, tenía que cambiarme de ropa interior varias veces al día. En uno de aquellos sueños turbios y tortuosos tenía que repetir toda mi vida de nuevo: volvía a pelear con mis padres, volvía a trabajar en el antro, conocía a Eva de nuevo y retornaba, uno por uno, a todos mis anteriores movimientos. Sólo que en el sueño no me causaban ninguna emoción o sobresalto. Lo vivía todo con distancia y extrañeza, como si aquello ya no me perteneciera, como si formara parte de la historia de una mujer penosa y desgraciada que nada tenía que ver conmigo. Eva durante todo ese tiempo me daba medicamentos, me arropaba, me cambiaba de ropa, me daba de comer y me colocaba paños fríos sobre la frente y me sumergía en la bañera cuando la fiebre era extrema.
Cuando ya me encontraba en un estado casi óptimo y estaba en la cama reposando, con la enfermedad dando sus últimos coletazos, Eva se sentó a mi lado y comenzó a hablarme. “Joder, bonita, menuda semana me has hecho pasar. Parecías poseída por el diablo, pensaba que te morías. ¿Cómo iba a llevarte al hospital? ¿Cómo explicaría las heridas por el cuerpo, por el coño, cómo explico todo eso que te sale por tu agujero? Seguro que descubrirían una nueva enfermedad. Nunca había visto nada así”.
Eva me dio un beso y yo le correspondí. Me dio otro beso, y otro y otro y trató de darme uno más y la detuve. “Eva, escúchame- le dije- yo no quiero esta vida. Te conozco desde hace sólo unos meses y has hecho tanto por mí… creo que podría llegar a vivir siempre así, dejándome llevar por ti… pero creo que tengo que irme, no sé por qué pero tengo que irme, no me gusta que nadie me dé dinero por acostarse conmigo y… no sé… quiero crear mi propio camino. Debo de ser estúpida o algo así, pero estoy segura de que nos encontraremos en la montaña, en esa casa en la montaña, que al final llegaremos las dos por laberintos distintos”. “Bueno- respondió ella- deja de decir estupideces. Voy a preparar la cena. Puedes ducharte si quieres, te sentirás mejor. Así te cambio las sábanas, llevas días ahí tumbada y apestas”.
Yo estaba hablando en serio, así que cogí la maleta y empecé a meter mis cosas mientras la escuchaba trastear en la cocina. Empecé a llorar mientras oía chisporrotear el aceite de la sartén y antes de largarme por la puerta traté de despedirme. “Oye, me voy de verdad. Nunca me olvidaré de ti”. “Cuando te canses de este numerito sube y dúchate, la cena estará hecha. Ni siquiera se te ha pasado la fiebre, no convendría que salieras a la calle, pero, en fin, supongo que estás ansiosa después de tantos días encerrada”.
Y me fui para siempre y fue la despedida más idiota de mi vida. Pero si algo había aprendido de Eva era a seguir las corrientes y marejadas de mi cuerpo, y esta vez me decían que aquella mujer no era buena para mí, que nuestra historia acabaría mal, que acabarían pillándonos. Que me la jugaría, que no era buena persona, que se quedaba parte del dinero que yo ganaba, que era incapaz de confiar en mí, que la había pillado metiéndose de esa mierda, que me mentía para engordar su capital porque tenía otros planes de futuro que no me incluían, que se tocaba mirándome mientras yo deliraba en mi enfermedad. No sé.. supongo que era cierto que aún tenía fiebre y con mi enfermedad y mi equipaje me largué, entre lágrimas por enésima vez, no hacia algún destino concreto sino lejos de todas las posibilidades experimentadas que no me saciaban. Pero, ¿quién cojones puede saciar a un ser humano? Ni todos los ríos ni lagos, ni todos los banquetes, festines y bacanales juntos, ni todas las anatomías disponibles, enmarañadas en un ovillo de placer. Volvía a estar sin nada más que la nada, aunque el dinero que tenía me daría para vivir holgadamente un tiempo.
No. No podía soportar que me fallasen otra vez, que otra vez mi realidad me traicionara y se volviera en mi contra, incluso que Eva se volviera mi enemiga. Prefería huir y no verlo nunca, soñar con que todo fueron alucinaciones mías, que todo habría salido de la hostia y ahora tendríamos nuestra montaña y nuestros cuerpos desnudos.
Me voy porque siento que nos van a pillar en cualquier momento con el tema de vender. Me voy porque lo necesito para encontrar mi camino y cruzar las puertas que tú me abriste. En el fondo así deberían de ser todas las personas, capaces de abandonar toda su existencia por una intuición.
El dinero me duró para sobrevivir más de un año sin trabajar. Estuve viviendo en unos apartamentos en las afueras, edificios de puertas pesadas y paredes gruesas donde nunca escuchabas ni te cruzabas a los vecinos. El rellano, el ascensor y las escaleras estaban siempre impolutos, con un hedor a hospital cerrado de sombras que danzan tranquilas. Nunca volví a ver a Eva y en aquel lugar estuve recuperándome. No era que no deseara el hacerlo. Yo reconocía cada día que habría podido ser feliz en sus labios, habría podido hundirme en sus orgías frenéticas, besar su cuerpo en los descansos, que permanecería limpio y brillante pese a todo y para mí, mientras todo nuestro entorno, que había adaptado su naturaleza salvaje a la pestilencia humana, nos rendía homenaje. Pero la libertad tiene caminos que no entendemos, y yo seguí el camino de mi llanto durante esos meses por no poder comprender mi decisión, por no haber sido feliz al lado de ella y su estilo de vida valiente. Podríamos haber sido libres, podríamos haber llegado de verdad al tejado de aquella casa en la montaña y desde allí haber empezado a conspirar para alcanzar las estrellas. Pero mi camino me repetía una y otra vez, con el dolor siempre presente, que estaba muy alejado de sus dominios y su presencia. Lo sentía cuando la miraba a los ojos, al verla desnuda, cada vez que me guiaba, aunque yo enloquecía a cada paso. Al mismo tiempo, prisionera de visiones ya sabía que mi intuición me conduciría a éxtasis todavía mayores. S´plo había que ser paciente, pero me costaba tanto ser paciente. Yo que buscaba mi paraíso día tras día y ardía en las noches tumbada en la cama de aquel apartamento del que no recuerdo nada, porque yo no me encontraba allí. Estaba en un lugar que desconocía, soñando con los labios de los dioses, que eran parecidos a los de Eva, pero no exactamente iguales.
Dios, he llorado tanto que no me lo creo y me queda tanto que lo único que me ha quedado siempre como consuelo es fiarme de mí y de que siempre haría lo correcto para mí pese a no entender nada del funcionamiento de la maquinaria que soy, del cableado, de la programación del sistema y de las variables contempladas en sus posibilidades de funcionamiento y de interacción con el entorno.
Cuando me quedaban menos de dos meses para que mi saldo se acabase y tuviese que volver a buscar un trabajo entré en estado de pánico. Me vi volviendo al antro de antes o a algún lugar semejante, a volver a ser humillada física y psicológicamente por algún hombre aceitoso al que un par de ceros más en la cuenta le otorgaban superioridad sobre mí. No podría soportarlo. Yo era ya un animal en libertad y en mi funcionamiento estaba excluida la esclavitud, por muy parcial y bien remunerada que estuviese. Empecé a buscar salidas, alternativas, escapatorias por todos lados… Las calles, las gentes, los periódicos, la bebida, Internet….
En Internet encontré algo muy interesante. Descubrí un nuevo mercado, una nueva tendencia gracias a la cual las chicas conseguían, sirviéndose de la debilidad sexual de los hombres, la solución para pagar sus facturas de luz o ganar un sueldo extra. Yo, como todo animal salvaje, desde el principio, desde que vislumbré el terreno de caza, quise convertirlo en mi dominio en exclusividad: quise alcanzar la cúspide, quise quedarme sin amigos ni adversarios, sola en las alturas.
Algo tan simple como una web de venta de objetos fetiche. Las chicas vendían sus bragas, sujetadores, medias, calcetines, tampones… a los degenerados degustadores de olores y fluidos femeninos que poblaban la red. Interactuabas con ellos, sonreías, les llamabas cariño y simulabas disfrutar tímidamente de su patetismo. Podías sacar un buen pico por unas bragas baratas que hasta hacía poco habrías tirado a lavar sin remordimiento. ¿Tú ves mi cuerpo, no? ¿Te das cuenta que este cuerpo puede dármelo todo? ¿Que un cuerpo como el mío, más que una cerradura con piernas, es una llave que cubre todos los secretos de esta patética sociedad creada por hombres? Los hombres son demasiado bestias, sólo destruyen y no atienden a los detalles. Uno puede ser libre, como las palomas y las ratas, si sabe encontrar las migajas y no tiene miedo a morir aplastado. ¿Quién no juega en desventaja contra esta bestia alimentada por varones y por mujeres masculinizadas?.
El paso siguiente: los vídeos de heces, en los que satisfacía fantasías más generales relacionadas con la coprofilia, y el gusto por un esbelto pie a cambio de un precio cada vez más exigente pronto me condujo a los shows en vivo de dominación a través de una webcam y los placeres de la microfilia más extrema, donde el cliente encuentra el placer en verse reducido a un nivel de existencia casi atómico, ínfimo, casi inexistente, dispuesto y entregado a todas las humillaciones. Esto fui alternándolo con la entrega en mano de bragas envueltas en paquetes de cartón y sellados con besos empapados en carmín y lazos de vivos colores.
Sin casi darme cuenta todo ese arsenal unido empezó a darme un sueldo estable sin necesidad de caer de nuevo en las redes del trabajo asalariado. Y si de algo sirvió todo lo que te estoy contando, si de algo sirvió Eva y toda la fiebre y las lágrimas fue para lo que voy a contarte ahora.
La joya de la corona de la sumisión cibernética la ostentan los sumisos financieros. Hombres maravillosos, verdaderos altruistas, auténticos cristianos que ponen siempre la otra mejilla y el otro bolsillo a tu disposición. Hombres que te realizan transferencias para tus gastos diarios, tus vicios y la compra de los atuendos que más erectos les pongan a cambio de insultos y vejaciones vía webcam. Varones de una bondad conmovedora y autodestructiva que te abren las puertas de su corazón para que vomites y cagues dentro de él y las de su cuenta bancaria durante unas horas para que hagas transferencia a tu tarjeta de todo aquello de lo que te creas merecedora. He llegado a ver con una sonrisa de incomodidad, que era más placentera que la más distorsionadora de las carcajadas, a hombres, con familia e hijos, acuclillados en cuartos con las persianas bajadas, nerviosos porque la efímera soledad de su hogar se rompiera de repente, despellejarse con látigos la espalda, más curtida que la de cualquier santo, mientras yo traspasaba de su cuenta bancaria a la mía el dinero suficiente para llenar de anillos los dedos de la persona con la que supuestamente comparten su vida.
Pero sin duda el caso más extraordinario de sumisión financiera hacia mi persona y, tal vez, la historia de amor más hermosa de mi vida, comenzó cuando el usuario Tocinete41 contactó conmigo por mensaje privado. Fue la presa a la que más dinero le saboteé, la que más velaba por mi bienestar y por guardar su identidad, la que más me insistía en conocernos en persona. Quería verme hacer de todo por webcam y pagaba generosamente por ello, me dejaba su cuenta abierta durante horas y me dio para financiar el alquiler de un nuevo piso, mucho más céntrico y espacioso, sólo a partir del dinero que obtenía de él. Quería verme a todas horas, quería estar sometido a mí, día y noche. Yo no podía pensar más que, dados los caprichos que me concedía a su costa, ese hombre sería después de mis gastos un mendigo que vagaba de locutorio en locutorio buscando una conexión desde la que poder entregarme sus últimos euros del mes. Me ponía la idea de que un alto cargo de cualquier empresa multinacional hubiese de vivir en la calle para poder pagar mis vejaciones y la visión de mi coño. Reconozco que más de una vez me masturbé durante las sesiones con él, excitada por su nula dignidad hasta el orgasmo.
Al fin acepté quedar con él en una cafetería del centro por lo jodidamente pesado que era, y porque me ofreció otra cantidad de dinero exagerada por un tanga roñoso que había comprado en una tienda de ropa china por un euro y medio y que había llevado puesto para él durante tres días. Cuando, en el día y a la hora de la cita, lo vi sentado a lo lejos en una de las mesas de la terraza de la cafetería, fue como si millones de cables se reconectaran entre sí en mi cuerpo y millones de corrientes volvieran a correr por él, corrientes furiosas, marejadas que venían a devolver la luz a cuevas olvidadas por mis manos, a cajones polvorientos olvidados por mis lágrimas. Era mi antiguo jefe, ahí plantado, vestido tal y como lo recordaba al pronunciarme las últimas palabras de mi esclavitud. Ya volverás. Y volví.
Me senté enfrente de él. “Al fin has llegado, cariño”- me dijo. “Sí, pedazo de mierda, aquí estoy”. “Te dije que regresarías”. “He pensado algo mejor para ti que una entrega de bragas, pedazo de mierda”. “¿Qué es?”. “Primero la pasta, pichafloja”. Me entregó el dinero en la mano casi al instante. “Dime, ¿qué es mejor para mí, cariño? Te he echado tanto de menos, mi amor, mi amor… tú siempre serás la reina de la desgracia que es esta puta cabeza enferma. Creo que mi mamá me daba golpes a posta en la cabeza cuando era pequeño sin que mi papá se enterara”. “Mira, montón de diarrea con forma, déjate de gilipolleces. Lo primero que vas a hacer es darme tu cartera, te cogeré el dinero y el resto de cosas te las quedas y te las metes por el culo. Sobretodo métete bien por el culo las fotos de tus hijos, que seguro se parecen a los nudos de pelo que se saca la gorda de tu mujer de su profundo ano. También me quedo la visa mastercard, ni se te ocurra desactivarla. Y todo eso. Estás despedido. No, mejor, me vuelvo a despedir otra vez. Libre otra vez. Pero en vez de darte estas putas bragas vas a agacharte y a ponerte a cuatro patas, yo voy a quitarme los zapatos y vas a lamerme los pies hasta que yo te diga delante de toda esta gente. Llevo andando todo el día y los llevo sudados y asquerosos, me da igual ensuciarlos aún más con tu saliva”. “Sí, mi ama”. Se agachó a lamer y estuvo haciéndolo durante minutos, todas las mesas nos miraban. Las abuelas chillaban, decían: ¡Ay, por dios! y se tapaban la boca o los ojos. Hasta la gente que pasaba alrededor empezó a formar corro hasta que uno de los camareros nos echó del local. Yo me levanté, agarré a mi antiguo jefe del cuello, le escupí en la cara y me marché sin que nadie me dijera nada. ¿Qué te parece?
Empiezo a reír, a reír de júbilo y no puedo parar y de las convulsiones empiezo a llorar y a llorar por todo lo que he sufrido en tan poca vida. Espero que esta vida me perdone y al fin me deje vivir tranquila un solo día en un regazo. Ese hombre con el que estoy en la habitación me abraza, mientras expulso otro pedacito de maldad y tristeza que no me pertenecía. Y me acuerdo de Eva, imagino que es Eva la que me abraza y me consuela, como si yo fuese la criatura pura y divina que siempre he sentido ser en lo más hondo y silencioso de mi ser. “Tranquila, tranquila. Yo entiendo lo que has pasado, lo entiendo todo”- me susurra él para calmarme y yo empiezo a besarle desesperadamente para que se calle y él comienza a desnudarme y yo le beso y le beso hasta que pierdo el contacto con sus pupilas para comenzar a sentir su lengua en mi coño.

Scarlett Paraiso

El coche avanza a una velocidad constante, siempre muy cerca del límite permitido. Juan conduce, Marcos fuma un cigarro en el asiento del copiloto mientras dirige su mirada a la noche que les rodea, por la que avanzan y hacia la que avanzan. Mateo está sentado detrás, justo en medio de los dos asientos delanteros. Parece inquieto, no lleva cinturón y constantemente se inclina hacia delante para dirigirse a sus amigos o analizar los carteles de señalización, verificando que la ruta tomada es la correcta. El vehículo se dirige al Scarlett Paraiso, un complejo con más de ciento cincuenta escorts y de más de dos mil metros cuadrados destinados exclusivamente al placer y a la satisfacción de los caprichos de sus clientes. Un macroprostíbulo a escasos kilómetros de la ciudad, ampliamente publicitado, conocido y visitado, motor económico y turístico local pese a su dudosa calidad moral y pervertida clientela.
Las ventanillas están bajadas al máximo y el coche va dando bandazos contra el potente aire en contra. La tela del techo se ha despegado y casi roza las cabezas de los viajeros. Todos ellos están bastante borrachos y han recavado una cantidad considerable de dinero para esta gran aventura.
-¡Que me quiten lo bailao! – grita Mateo mientras golpea amistosa y enérgicamente el hombro de Marcos, que apenas esboza reacción, concentrado en el humo que escapa de su boca – Voy a follarme a todas las que pueda. ¡A todas las que pueda hasta que me desmaye por falta de lefa en mis cojones! ¿Y sabéis qué? Que pague papá. ¡Que lo pague él con todo su trabajo, su esfuerzo y su sudor, que lo pague! ¡No sabe que ha parido un diablo, no sabe que ha parido a su peor enemigo! No ha hecho más que joderme desde que nací. Todo el mundo obvia la tremenda responsabilidad de los padres en el fracaso o éxito para consigo mismos de sus hijos. Obviamente cada uno es dueño de su destino y está obligado a hacer de su vida su felicidad, pero, ¿cuántas vidas, cuántas alegrías y oportunidades han destrozado los malos padres? Te moldean un carácter a golpes de educación y este carácter se convierte en una barrera de por vida. Frena tu potencial, tus verdaderos deseos, tus habilidades sociales, tu capacidad de defenderte, de tener iniciativa o de ser imaginativo. Convierten una roca en un guisante, un héroe en un oficinista o en un camarero, un loco brillante en un neurótico histérico, ansioso de risa o ira vacía, incapaz de confiar en nada ni en nadie. No puedo cambiar, no puedo cambiar aunque quiera. Me han criado mal, estoy mal hecho. Te joden, te joden de por vida, porque no hay límite más insuperable que el de intentar hacer brotar placer donde pusieron tristeza. Y tensión. ¡Demasiada tensión! Si no la pusieron ellos, colocaron los cimientos para que otros lo hicieran: educadores, matones, personas crueles en general. Y nadie se atreve a culparles. Honrarás a tu padre y a tu madre… ¡Que se jodan! Hoy voy a honrarles con millones de polvos subvencionados por sus carteras. ¡Por mis fracasos, que son sus fracasos! – saca una botella de ron a medias de debajo del asiento del copiloto y se echa un largo trago a la boca – ¡Dios, qué putísimo asco! Y tú, Marquitos, ¡anímate, coño! ¡Que aquí están tus amigos, joder! Hoy vamos a pasar una noche de puta madre, ya verás. ¡Y a la mierda todo!
-Claro que sí- contesta el aludido sin mucha convicción.
-Va, tío. ¿Así qué consigues?- replica Mateo cogiéndole de los hombros a través del asiento- Obsesionarte con la puta esa. Dándole a la cabeza todo el rato. Y no se lo merece, porque tú eres un tío de puta madre y ella una zorra rastrera que lo deja todo por la primera mierda que pasa por delante. ¡Va, echa un trago largo, por el tito Mateo, hermano, hazlo por mí! Nos tenemos los unos a los otros. Sólo tenemos eso.
Marcos le quita la botella de la mano y pega un trago infinito, mucho mayor de lo que Mateo esperaba, sin apenas inmutarse.
-¡Ese es mi chico!
Marcos sigue amorrado mientras Mateo grita eufórico. Juan le arranca la botella bruscamente y empieza a beber a tragos cortos, comenzando con su soliloquio.
– Cuidado, ¿eh? Desfase, pero no quiero arrastrar hoy los restos de nadie excepto los míos… Marcos, anímate, yo me voy a fundir el sueldo de un mes de trabajo. ¡Coño, para disfrutar, para pegarme la fiesta de mi vida con los dos mejores amigos que he tenido nunca! Sé que es pronto, tío, no hace ni dos meses, pero es que lo necesitas. Antes estabas siempre contento. Has adelgazado, has dejado de hablar, de relacionarte, de sonreír.
-Ya lo sé, lo sé, lo siento, soy un coñazo – reacciona al fin Marcos-. Ya sabéis que os quiero, y que esta noche vamos a pasarlo bien. Pero cuesta, cuesta mucho. Me ha destrozado, me ha roto en mil trozos la guarra esa… Es que, joder, lo das todo, haces entrega de todo, todo tu mundo interior, todo tu cariño y afecto, ni tú mismo has gozado tanto de tu amor como ella. No tienes amor propio, pero sacas toneladas de cariño para una mujer, la tumbas en tu cama, le colocas flores en el pelo y la haces gemir y deshacerse más de mil veces, le das la mejor versión de ti mismo con dedos que parecen plumas y luego desaparece. Desaparece sin explicaciones, sin luchar, sin conmoverse, hasta con desprecio. Y te ves condenado a saludar por la calle y pasar de largo a una persona a la que has besado el ombligo y le has hecho entrega de las llaves de tu casa. ¿Así somos? ¿Así son las relaciones humanas? ¿Esto es lo que construimos? ¿Lo que queremos? Me siento solo, muy solo, y un desgraciado.
Vuelve a arrebatarle la botella a Juan y a amorrarse con más fuerza.
-Lo sabemos, lo sabemos- continúa Juan intentando consolarle-. No te preocupes, para eso estamos aquí, para ayudarte, tío. A veces nos oigo hablar y me gusta, me conmueve. Me da que pensar… Somos jóvenes, somos inteligentes, tenemos alma, un alma que se vuelca en palabras, en actos, en cada puto rincón de la ciudad, y estamos muy frustrados y presos de una tristeza abismal. ¿Es culpa de nuestra educación? ¿No podemos disfrutar de nada? ¿Tenemos los sentidos embotados y las drogas y follar todo el tiempo es lo único que nos permite vibrar de verdad? No lo sé y me da igual. Estoy cansado, sólo quiero entregarme a ello sin remordimientos por una noche. Esta noche. Quiero mujeres perfectas, mujeres perfectas físicamente y en la cama y completamente horribles por dentro. Falsas, astutas, sin una palabra verdadera. Mujeres, por tanto, que comprenden lo que me sucede. Mujeres irreales. Algún día encontraremos el paraíso. Puede que sea esta noche… Yo no pienso morirme sin sentirlo.
-¡Ni yo, qué cojones!- aúlla Mateo mientras le arrebata la botella a Marcos- ¡Cabrón, te la has cascado casi toda! ¡Sí señor!
-¡Sí, estoy bastante borracho!- masculla Marcos entre risas- Y empiezo a estar cachondo. La verdad es que tengo ganas de pillar a una que esté buena y agarrarla de las tetas mientras me la tiro. Me ha jodido bien la muy zorra, pero en realidad no importa, no importa nada porque, al fin y al cabo, ¿quién te quiere de verdad en este mundo? Uno mismo la inmensa mayoría de veces no se conoce ni remotamente lo suficiente como para afirmar que se quiere y se respeta a sí mismo. A las demás personas siempre hay que ocultarles algo de uno mismo para evitar su desprecio. Su imagen de ser humano bondadoso nunca se ajusta a nadie. ¡Yo me siento humano y estoy borracho y hago cosas horribles! En fin, hemos llegado. ¡Suerte a todos y que gane el mejor!
Los tres amigos se pasan la botella por última vez hasta acabarla. El coche entra en el aparcamiento del Scarlett Paraíso. Casi no quedan plazas libres. Los tres entran con timbrazos de risas y bromas en el edificio de siete plantas de altura, de alfombras rojas relucientes de estampados arábigos y escaleras laberínticas que conducen a pasillos interminables llenos de habitaciones con las paredes, las camas, el baño y el suelo impecables. Habitaciones siempre por estrenar, donde todo resto de paso y placer humano se desecha de inmediato para esperar y recibir otras nuevas perversiones, más amores forzados.
¿Cómo cojones podría contaros lo sucedido a partir de ahora? Todos los demoníacos y pervertidos auténticos de este planeta conocemos lo que sucede cuando el alcohol se vierte sobre la memoria y la razón. Lo único que ha de tener en cuenta a partir de ahora el espectador, una vez separados nuestros tres amigos, una vez colocados en bares-habitaciones diferentes a la espera del desfile, es que en las presentaciones las prostitutas dan sus nombres artísticos, no reales. Es decir, las mujeres cambian su identidad para poder mantener relaciones sexuales con los hombres a cambio de dinero, la anulan para poder satisfacer al cliente y poder extraer rentabilidad del proceso de ordeñamiento del varón humano. El género masculino es como un montón de vacas vaciadas de manera industrial y rentable para los bolsillos más crueles del planeta, sus erecciones mueven la economía y sus eyaculaciones dejan estéril la tierra fértil. La leche sale ya agria desde un inicio. Nuestro relevo en el mundo se estampa contra las paredes de látex que apestan al hedor que toman la grasa y el sudor animal entremezclados al añadirles unas gotas de concentrado del aroma que creemos que posee una fresa o el chocolate.

Mirad a Mateo, apoyado en su barra particular. Ante sus ojos pasan más de treinta mujeres. Está estresado, no sabe qué escoger. Tantos caminos hacia el placer como cuerpos disponibles y a todo ser humano siempre le angustia la pérdida de posibilidades producto de la elección. Toda elección voluntaria es una privación obligatoria de tu libertad. Se escuchan los ruidos de tacones por el pasillo. Entonces aparece lo que él necesitaba. Todo ser humano necesita algo muy concreto, extremadamente concreto, que lo enferma y lo aleja del resto de sus congéneres, que lo vuelve tremendamente infeliz.
Aparece una mujer latina, algo corta de estatura pero encumbrada por los tacones. Tiene unas tetas y un culo abundantes sin llegar a la obesidad, es la carne donde se obra el milagro. Es suficiente, así que al cabo de unos minutos están subiendo las escaleras. La habitación es un calco más de todas las demás habitaciones, su excitación es un calco de su propia alma. A Mateo le irrita que una prostituta le obligue a ducharse, así que aprovecha el baño, destinado a que la puta no engulla grasa, liendres o restos de alcohol durante la mamada, para magrear y reesculpir la anatomía de esa mujer. La saliva chorrea por la espalda de esa mujer. Los cabellos son arrancados del pelo de esa mujer. La polla de Mateo busca ya el sendero por la oscuridad del infierno. Sus pupilas son cántaros de maldad.
“Todavía no, mi amor”. Su excitación es molesta, le produce dolores, le encabrona. Es un felino que mata sin hambre, una rabia que provoca erecciones, una maldición, una bendición que te mantiene en vida. “El mundo no me quiere y el odio es mi único placer, mi único plan de futuro. No quiero tener planes de futuro, no quiero ser productivo, sólo necesito eyacular leche agria sin parar, vaciarme de mí es lo único que me llena, sólo mi polla en la boca de una mujer se me antoja semejante al amor”. Mateo se sienta sobre la cama y le ordena que se acerque a cuatro patas hacia su polla y empiece a chupar. Ella disimula su asco, piensa en el dinero y lo hace. Mateo percibe la repugnancia. Se arrastra como una gata gorda y mansa hasta su polla y la engulle, paseando sus gruesos labios por todo el glande. Lo hace de puta madre, cada vez que se la traga la hace desaparecer entera y amenaza con ahogarse. Mateo le coloca la mano en la cabeza, la agarra del pelo y controla sus subidas y bajadas. Ahora ella aparenta una marioneta que aspira al máximo placer soportable para Mateo, una identidad anulada, un títere para un impulso que no admite diques. Le pega un estirón del pelo y le levanta la cabeza. La polla emerge con violencia de su boca. La coloca frente a sus dos ojos negros y la baba que chorrea hace sus gruesos y estúpidos labios todavía más lascivos. Si él eyaculara ahora mismo esa leche negra que late en sus testículos, el ácido de su composición la disolvería en lava de tripas y genital humano, del que podrían, al fin juntos, alimentarse ambos. En eso piensa cuando grita: ¡Voy a follarte ya!
Ella se coloca directamente a cuatro patas en la cama. Mateo se arrodilla tras ella y enchufa su polla en el culo, en la primera embestida introduce todo su miembro. Ella se estremece. “Siempre, desde la madre que me engendró hasta las personas que me amaron en mi edad adulta… todas me humillaron, todas me despreciaron… y no contentas con mis lágrimas de pena quisieron el dolor de mi sumisión. Soy un hombre de sangre oscura y he sobrevivido. Y hoy voy someter, hoy voy a disfrutar, hoy voy a ver un cuerpo ajeno como una bolsa vacía de supermercado en lugar de como un templo que provoca el enmudecimiento. Pero mi ímpetu es algo que dejé de controlar hace tiempo. Soy una mariposa esclava de las tijeras, soy una paloma sucia que hace tiempo dejó de enviar cualquier tipo de mensaje y en mí cualquier impulso sexual se convierte en ira”. Por tanto, al colocarla a cuatro patas y ensartarle el pene en el culo como una pajita en el vaso, sorbiendo el noble arte de la sodomía, los tubos de escape que le gobiernan ordenan que su polla se convierta en una navaja que empieza a pelar la manzana, a tal velocidad que la manzana se llena de cortinas y produce terror al que la observa hambriento de frescura y amor. De tal manera machaca el ano sin piedad, marcando el ritmo con azotes que resuenan como enseñanzas. La puta dice basta, pero ¿cómo va a controlarse? Su cuerpo grita más fuerte que ella.
El colapso de semen y heces forma una explosión que se deshilacha hacia todos lados y todos quedan salpicados, como suele ocurrir cuando sucede un milagro. Ella queda destrozada y él confunde el perdón con la incredulidad, arrepentido de su éxtasis y extrañado por su inconsciencia. “¿Dónde estuve yo todo este tiempo?” La sangre chorreando por su pierna mientras toca un botón en la pared. Él acabándose el cubata. La violenta apertura de puertas. “Tiene que marcharse, caballero”. “¿Por qué?” “¿Y usted qué cree? Y de gracias”.
Y de un arreón, tras unas cuantas hostias y semidesnudo lo mandan a la puta calle, como un nacimiento producto de su propio esperma, a la puta noche a esperar a que sus amigos nazcan y regresen con él. Sin pantalones, tiritando de frío, encendiendo el último cigarro que conserva. La noche, las estrellas y la sangre que chorrea de su cara para vengar la sangre vertida, y da gracias. Vacío por completo, más sucio y más solo empieza a quemar billetes y a lanzarlos al aire aullando de locura, que es la mezcla perfecta entre alegría y tristeza.
A Juan no le gusta ninguna. Se mantiene aburrido viéndolas pasar hasta que aparece, toda ella piel tostada y cuerpo jugoso, toda ella generosa como bien dispuso la naturaleza en los genes de su especie, como siempre debió ser. Culo, tetas, labios abundantes, emite un aroma cargado de bacterias, hormonas y miel que atrae a todo organismo vivo. Recuerda a las mujeres de un pasado muy remoto, tal vez nunca vivido. Lleva cargado a su espalda todo el sustento para la perpetuación de la especie: el goce, la lujuria, el humor y el amor. Puede procrear y fornicar sin parar con tantos hombres como desee, puede disfrutar de decenas de orgasmos seguidos y dar a luz a camadas enteras de nuevos seres humanos. Y como toda virtud verdadera y ancestral, ésta se mantiene en ella aún en esta vida, cuando ya no hay nada que gozar ni que dar a luz.
Juan se enamora al instante, rompe el sueño con dinero y regresa a él en la habitación a la que emergen, donde un beso metálico rompe las pupilas en dos. Sus corazones laten al pulso adecuado. Él suda y maldice mientras se besan como si fuesen a masticarse, a devorarse, a triturarse, a engullirse y a dormirse, como si la realidad fuera a ser vencida en aquella habitación. Ella le dice que no quiere estar con ningún cliente más, que quiere follar con él toda la noche. Juan contesta que acaba de enamorarse, ella afirma lo mismo. Él sabe que todo eso es absurdo, que sólo está fingiendo para conseguir más dinero en ese instante o en el futuro, pero se contenta con que el cuerpo de ella pueda recrear hasta el infinito el sexo más maravilloso y puro del cosmos. Él quiere creer que ella habla en serio porque puede ver su piel cambiar de color, sus ojos fijos en él, su boca caliente escrutándole, su coño bombeando a mares. Quiere creer y suplica entre dientes mientras su polla y su pecho se suicidan de placer: “Te he pagado, sólo te pido que si me estás mintiendo no lo hagas. No tengo la necesidad, sólo vengo a por un buen polvo y ya está, no necesito más. Sólo te pido que no me mientas”. “No te miento. Te quiero”. Y él lo ve. Reproduce el amor a la perfección. Lo crea en su cuerpo, da a luz a una atmósfera que varía frenéticamente todos sus adornos y disposiciones. Hace venirse el techo abajo y que la cama levite boca abajo sobre un foso de tiburones líquidos de agua con dientes. Y él no cae, mientras su pene, anclado a su coño, asestaba puñaladas al resto de posibilidades y las uñas de ella le parten la espalda en cinco continentes y bebe de sus tetas licores que sólo puede tragar por los poros de la piel mientras todos sus orificios se cierran. Ella se pone sobre él y lo utiliza como a un soldado en pos de un bien superior y él confundió la muerte con un milagro y sintió a todas las mujeres de la historia, reinas, faraonas, esclavas, campesinas, amas de casa, institutrices, guerrilleras… todas cabalgándole, una detrás de otra. ¿Qué sería el amor a partir de entonces? Algo que podía crearse a partir de alcohol, entrenamiento y habilidad, con dinero, fe y delirios, en definitiva: una técnica.
Y allí se pierde, acaba con todo su dinero, se consume en el pozo eterno de sexo y eyaculaciones. Sudor y palabras hermosas y sudor y olvido y olor a jazmines sudados. El fin del saldo es el fin de la utopía. Adiós. Y ella se vuelve otra persona más, se camufla, se viste como cualquiera de ellas y baja las escaleras con él cogido de la mano, que intenta palmear por última vez ese culo, que intenta afilar por última vez ese cuello. “Y lo que yo ahora querría sería ver amanecer con el pelo revuelto y la bragueta bajada. Y eso es lo que hago, mientras la acepto como algo pasajero y vuelvo al valor seguro de la soledad”. En esa soledad está su amigo, sin pantalones, acurrucado junto al coche, cagado de frío, lloriqueando y murmurando incoherencias junto a un montón de dinero quemado, más borracho que la hostia. “¿Mateo, pero qué coño haces? ¿Qué coño ha pasado?”
Y Marcos sencillamente no tiene ninguna escapatoria, está sentenciado desde un principio. Desde un principio, prediciendo y tratando de esquivar su fosa trata de escoger a una mujer de características físicas opuestas. Pero los cuerpos desnudos, la respiración acelerada y la avalancha de recuerdos, que se convierten en presente con tan solo un leve gesto de conexión, hacen que interrumpa el coito, se siente sobre la cama, se agarre y se estire los cabellos y empiece a llorar mientras suplica el nombre de la mujer a la que todavía quiere.

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